Ni feliz día, ni flores, ni chocolates

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Por Claudia Macarena
Mención honrosa por tu luz, Mitzy Duboy L.

Hoy es 8 de marzo. Han pasado 111 años desde que 146 trabajadoras murieron calcinadas en Nueva York cuando, encerradas en una industria textil, protestaban por los derechos laborales de las mujeres. Desde 1975 que este día conmemora (no celebra) a la mujer. No es que nos guste, sino que aún es necesario, porque su finalidad es recordarle a la sociedad que todavía hay deudas pendientes con nosotras y, por consecuencia, para la conciencia humana en su totalidad.

Que exista este día se lo debemos a la lucha de muchas mujeres a lo largo de la historia que, haciendo un contrapunto, han ido marcando la ruta. Fue Olympe de Gouges  tres años después de la Revolución Francesa, quien parafraseó el texto fundamental que la consagra: la “Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano”. Mostró ahí una evidencia de exclusión al relegar  la participación de la mujer en el Estado emergente. Escribe entonces la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, histórico documento de la emancipación femenina.

Aunque parezca insólito y a muchos incluso nimio, es a estas luchas a las que le debemos desde la posibilidad de votar y ocupar cargos públicos, hasta componer una canción o poder usar pantalón. La batalla de hoy busca transformar el paradigma patriarcal y machista que nos configura aún como sociedad: una injusta cultura que desvaloriza a las mujeres y, por consecuencia lógica, nos violentan. Es esta la forma de relación (de poder) que se perpetúa.

Así, ha logrado que nosotras mismas nos miremos con el ojo masculino, ¡y cómo no! si han escrito la historia olvidándose de Lilith, nos hablaron solo de Eva, vilipendiaron a María Magdalena, y enaltecieron conservadoramente a la Virgen María. Se han pasado todos estos milenios intentando definirnos. Hasta Freud tiró la esponja.

Lilith, pintura de John Collier – 1982

Por esto es que el problema trasciende cambios legislativos y/o normativos, el llamado es a observar todas las formas de relaciones de poder, en lo informal y cotidiano instaladas. Dicho de otro modo, las leyes, normas y conductas son el manifiesto de la latente falta de equivalencia, ya que ningún ser es igual a otro, pero sí equivalentes. Se trata de una revolución que parte desde lo doméstico: lo íntimo en ese primer espacio compartido con otro, donde convivimos y  nos tratamos. La ONU dijo que el hogar es el lugar más peligroso para la mujer: en el mundo 137 mujeres asesinadas por sus parejas, ex parejas, familiares AL DÍA.

Lo que les tratamos de mostrar, es que durante toda la historia de la humanidad hemos sido puestas como objeto, como envases vacíos rellenados con sus proyecciones, narcisos heridos, como si en nuestra palabra se  sostuviera vuestra virilidad: “Nadie es más arrogante hacia las mujeres, más agresivo o desdeñoso, que el hombre que se siente ansioso respecto a su virilidad” dijo Simone de Beauvoir.

Siguiendo la línea, si somos objetos somos posibles pertenencias, hasta comercializables, “vendibles”. El feminismo nos muestra que el único límite real radica en la piel: desde ella hacia afuera nada nos pertenece. Ningún otro, ningún objeto, ningún territorio. El cuerpo es el único territorio propio y la única diferencia natural es nuestro sexo:  la especie humana como una versión más de la geometría que construye el universo se manifiesta cromosómicamente como XX o XY, diferencia que se expresa luego, por ejemplo, como clítoris y pene. A nadie le falta nada: no es que no tengamos pene, tenemos clítoris. Todo lo demás que se posa sobre esta diferencia tiene un carácter eminentemente social y cultural. Esto es lo que el feminismo ha logrado nombrar a través del concepto de género.

Columna de Mónica Rincó

Las luchas de mujeres le han mostrado, paulatinamente, a la humanidad la falta de ecuanimidad entre los dos representantes de su especie. El género es una mirada, un lente, un enfoque desarrollado teóricamente, un lenguaje alternativo para dar cuenta de las relaciones de poder que se encuentran naturalizadas en la sociedad, esas que definen los  roles políticos, sexuales, laborales y afectivos diferentes para hombres y mujeres. Eso que se dice ser “propio” de los hombres -entendido como lo masculino- y ese otro algo que es “propio” de las mujeres -usualmente llamado “lo femenino”- nos rigen y, además, se encuentran jerarquizado.

Lo femenino y lo masculino, responden a una categorización binaria que ha sido construida en oposición. Yace aquí el punto de tope cuando se intenta hacer una línea directa entre lo femenino y la mujer por un lado, y lo masculino y el hombre por el otro. Pero, si entendemos esta dicotomía no en términos excluyentes si no integrativos y ponemos atención a que esta dualidad nos atraviesa a todas y todos, podemos poner una distancia que permite comprender que aquellos atributos coexisten en una misma persona. Así como tenemos dos manos, dos piernas, dos hemisferios, un lado izquierdo y un lado  derecho, lo femenino y lo masculino nos constituye.

Sin embargo, sigue siendo vigente otra frase de Simone de Beauvoir de hace 70 años atrás: “El hombre se define como ser humano y la mujer como femenina. Cuando ella se comporta como un ser humano se dice que está imitando al varón”, y también lo que dice Luce Iragray: “Lo femenino en el patriarcado no sería lo que las mujeres son, sino lo que los hombres han construido para ellas”

¿Qué es el feminismo entonces? El feminismo no es el opuesto al machismo. El feminismo es un constructo político, teórico y ético basado en la experiencia de mujeres a lo largo de la historia, mientras que el machismo es una repetición y reproducción de prácticas culturales asentadas a lo largo de la humanidad. El modelo patriarcal y lo heteronormativo aún impera en hombres y mujeres que, con ese resabio conservador, no ve al otro como un semejante, sino que no toleran la diferencia y, más aún, ven diferencias donde no las hay.

Un ejemplo contingente y macabro de ello es NIDO.org. La Asociación de Abogadas Feministas (ABOFEM), quienes que están llevando la causa penal, dicen que éste caso es sólo la punta del iceberg y marcan un punto: el  delito comienza con la asociación ilícita, es decir, implica a TODOS los más de 10.000 usuarios que participaban de tan repudiado foro son cómplices.

ABOFEM interpela más allá de quienes han sido parte de este tipo de páginas con finalidades criminales, apuntan a todos aquellos que comparten y consumen información que incita, promueve y vulnera sexualmente a niñas y a mujeres, la naturalizada “cultura de la violación”, donde se justifica la denigración y el maltrato, ocultándose tras el anonimato. Hacer frente y reconocer el placer de ser parte de este juego debe aterrorizar. Se entiende entonces que el administrador de dicho sitio se haya suicidado. No se sometió al escrutinio social y de seguro el peor de todos, el familiar e íntimo ¿Cómo podría Lamuel haber mirado a los ojos a sus seres cercanos? Un coordinador de machismo exacerbado se mató. Un lobo jefe de estas  mal llamadas “manadas” -puesto que las manadas de animales son mixtas- que salen de “cacería” para atrapar a sus “presas”. La manifestación extrema de ese hombre desvalorizado que desvaloriza y destruye para subsistir ha llegado a un punto peak.

La invitación que las mujeres feministas les hacemos, es a hacer lo que nuestras ancestras nos han logrado mostrar y transmitir unas a otras: detenerse y observar, mirarse y también reflejarse en otros ojos, un recorrido íntimo, sororo y fraterno. Déjennos mostrarles esto de la “otra cosa”, tenemos saberes y sabores que compartir sin competir, sin miedo, ni inhibiciones, ni obligaciones.

Y la otra invitación de hoy es a vibrar con el sonido de mujeres en esta playlist de Revista Inmortal: disfrútenlas y háganse parte una vez más, que fuerte nos seguiremos haciendo escuchar.

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